El niño pez de Lucía Puenzo

El niño pez (2004) es la segunda novela de Lucía Puenzo que he leido, después de Wakolda (2011), pero mientras Wakolda cuenta una historia cautivadora y perturbadora, El niño pez nos enseña un microcosmo lleno de personajes moralmente corruptos, donde nadie se salva. Lala (Paula Brönte) es una joven rica y solitaria que no tiene amigos y se enamora de su sirvienta paraguaya. La Guayi (Lin Guayen) parece corresponder su amor y deja de acostarse con un guardia que muere asesinado después de una semana. Las dos chicas, próximas a cumplir 18 años, planean de escaparse a Paraguay, comprar un terreno y construir una casa cerca del lago Ypacaraí. La Guayi no se conforma con tener una casita, quiere una vivienda de dos pisos con alberca. Lala entonces empieza a robar las joyas y los cuadros de su familia para sacar con su venta el dinero necesario.

El niño pez

Para tener una imagen completa de la familia disfuncional de Lala hay que contar que su papá es un escritor exitoso que pero tiene tendencias suicidas y pasa su tiempo encerrado en el estudio. Sasha, la mamá, solo piensa en su amante y se va a la India con él. Pep, el hermano, es un drogadicto que cultiva marihuana y vende también otros tipos de drogas. Tal vez era inevitable que con una familia así ni Lala fuera tan normal. El dinero no basta para ser felices. Cuando descubre que su papá se acuesta con la Guayi, lo mata con una sobredosis de droga en un vaso de leche y se justifica diciendo que le había hecho un favor. La verdad es que Lala era celosa, quería la Guayi solo para ella, pero la joven sirvienta no es una mujer fiel, le encanta ser deseada y se acuesta con todos los que la quieran, sean hombres o mujeres.

La Guayi se escapa sola llevándose todo el dinero y Lala decide de alcanzarla en Paraguay, donde pero encuentra solo su abuelo Charo. La Guayi había sido detenida en la frontera y acusada del asesinado del señor Brönte. En Paraguay Lala descubre que unos años antes la Guayi había dado a luz un niño que pero tenía problemas de salud. El viejo Charo le cuenta que el neonato podía respirar solo cuando estaba en el agua y entonces la Guayi lo había dejado en el lago. Lala cree de haber visto al niño pez mientras nadaba en el lago Ypacaraí. Momento de realismo mágico. Momento que no me gustó. Prefiero el realismo y basta. Sin magia. Lo mismo vale por el narrador de toda la historia, o sea Serafín, el perro de Lala y por la noticia del nacimiento de Eva, la primera niña clonada.

Un aspecto interesante del libro es el idioma guaraní, utilizado a veces por la Guayi y su abuelo Charo. Ambos hablan también español, pero el guaraní es su idioma principal. Este detalle al principio me hizo pensar que la Guayi fuera una joven indígena, pero es imposible tener la certeza porque aunque solo una pequeña menoría de la población es indígena, la mayoría de los paraguayos habla guaraní en su casa.

Cuando se entera que la Guayi está en la cárcel, Lala regresa a Argentina y va a verla. La Guayi pero le dice de olvidarla. Lala no se resigna y descubre que unos guardias y unos policías corruptos están obligando a ella y a otras detenidas a prostituirse con clientes adinerados. Lala se acerca a la mansión y roba la pistola a uno de los policías después de haberlo distraído haciéndole sexo oral. Encuentra a la Guayi y logra escapar con ella matando a los que estaban vigilando la casa. Un amigo las acompaña a la terminal y en la madrugada se suben al primer camión. A Lala le dispararon en la pierna, pero a su perro le fue peor. La Guayi se da cuenta que el animal tiene la boca llena de sangre. Lala quiere saber más del hijo de la Guayi que entonces le dice que la historia del niño pez era una invención de su abuelo. La verdad es que su hijo era tan débil que había decidido de matarlo ahogándolo en el lago. La Guayi agarra el analgésico y primero lo inyecta a Lala y después a ella misma. Las podrían encontrar en cualquier momento. Los tres se duermen y la novela termina dejando el final odiosamente abierto.

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